El hábito de lo normal

Cuando algo se repite con cierta frecuencia se dice que se adquiere el hábito. Un hábito, entre otras características, tiene la cualidad de mostrar como normal algo que, hasta la adquisición del hábito, no lo era en absoluto; de hecho es aprendido más que innato. A veces los hábitos pueden desperdiciar importantes procesos mentales que bien podrían aprovecharse en tareas más exigentes.

Hasta hace no mucho la presencia -y acción- de antidisturbios en una manifestación era algo relativamente infrecuente: algo digno de manifestaciones grandes como las manifestaciones contra la guerra de Irak o las manifestaciones por el 20-N. Una manifestación casi nunca terminaba en una carga policial. Pero de un tiempo a esta parte uno parece vivir en un bucle de acción-reacción, de contenedores volcados y quemados, de helicópteros que no dejan dormir al centro de Madrid, de un shock permanente que empieza a ser habitual. La gente se ha habituado tanto a la presencia de antidisturbios y a sus cargas que muchos han empezado a perderles el miedo a plantarles cara, a no ayudarles y a pensar en qué pasa si en vez de un paso atrás se da un paso adelante.

Hasta hace no mucho la moral era una palabra frecuente en el discurso habitual de la sociedad, de los dirigentes políticos, religiosos, sociales y también empresariales: cuando alguien hacía algo mal solía ser forzado a dimitir, al menos por el “qué dirán”, cuando no eran condenados y no les quedaba otra que irse. Un político no solía arriesgarse a mentir en parte por la moral, por no tomar por idiotas a sus votantes y ser, como se suele decir, una persona honrada. Hemos olvidado como sociedad la diferencia entre algo legal y algo moral, lo cual creo es bastante preocupante: un cargo público puede legalmente subirse el sueldo un 30%, ¿pero es moral? Un banco puede estar ejecutando deshaucios sin mayor motivo que el deshaucio en sí, ¿pero es moral cobrar ayudas de todos los ciudadanos y seguir ejecutando deshaucios?

Nos empieza a parecer normal que los medios no hablen de lo que verdaderamente importa a un grupo grande de gente que cada vez parece ser más y más. Yo al menos recuerdo aquel Domingo, con aquella manifestación de ‘Democracia Real Ya’, donde unos cuantos decidieron acampar en Sol y ningún medio mayoritario habló de ello hasta días después. La gente lo pedía en Twitter, lo suplicaba, intentaban demostrar que aquello era distinto, pero los medios les ningunearon hasta que llegó la primera gran convocatoria masiva. Ayer han detenido a un amigo mío periodista por intentar sacar una foto a un policía en un Estado democrático y apenas ningún medio se hace eco de ello. El principal problema del fotoperiodista es que es freelance, que no es “de los nuestros” y por ello no se hacen eco. Mientras, en Twitter: #freecastromil.

Algo está cambiando en España al menos cuando a nosotros nos empiezan a parecer normales cosas, conductas, actitudes e imágenes que hasta hace poco no lo eran, no eran lo normal, lo habitual. Y éso, como todos los cambios, puede ser algo peligroso o algo bonito. Lo bueno es que nosotros como sociedad sí tenemos la última palabra.

Actualización: A Juan Castromil le han acusado de tirar piedras a los antidisturbios. En ese mismo artículo Carolina Denia (su compañera) y Virginia Pérez Alonso (directora adjunta de 20minutos.es) aseguran, como testigos que fueron de todo lo sucedido, que en ningún momento nadie lanzó piedras a los antidisturbios sino que Juan salió a defender a Carolina de los policías, que le dieron un porrazo en la mano (y sí que hay pruebas de ello) al intentar sacar una foto. Conozco a Juan desde hace unos años y me resulta completamente imposible pensar que ha podido lanzar piedras a unos policías; y no solo lo digo yo sino que también algún otro que le conoce como Enrique Dans lo afirma. Álvaro Ortiz comentaba también que últimamente en Madrid hay detenciones aleatorias en estas manifestaciones, básicamente para meter miedo (link 1, link 2). Estas cosas no suceden en un Estado normal.