Mientras entre las demás nacionalidades “tiende a desaparecer el asociacionismo”, entre los gallegos aumenta. En Lisboa, por ejemplo, el centro gallego tiene más socios que el centro español. Y la tendencia es “a crecer”. En lista de espera, pendientes de obtener el reconocimiento de la Xunta, con la tramitación estancada hasta que se apruebe la nueva Ley de Galeguidade, están las asociaciones de Glasgow, Viana do Castelo, Copenhague, Praga, Ciudad del Cabo, San José de Costa Rica y San Francisco.
“Cuando nos juntamos en el Waldorf Astoria todos los empresarios gallegos de Nueva York, la ciudad tiembla”, suele jactarse Tomy Sánchez, presidente del centro gallego de la Gran Manzana. Sánchez tiene el monopolio de recogida de nieve en Nueva Jersey, montó todas las grúas del puerto de Buenos Aires y, si eso es poco, posee una de las dos empresas de ferralla más importantes de Nueva York. La de la competencia, por cierto, también pertenece a un gallego.
Por vender, los gallegos son capaces, incluso, de vender y prestigiar el idioma. En los colegios Castelao de Caracas y Santiago Apóstol de Buenos Aires, hijos de judíos, árabes, venezolanos o argentinos estudian gallego porque es una más de las asignaturas que se imparten en las aulas.

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